Lo que no tiene lugar

¿Qué significa derrumbarse? Desmoronarse, pero no de manera completa, sino fragmentada, partida, fracturada; es caerse destrozado. Algo puede derrumbarse literalmente —un objeto, un lugar— o, de forma metafórica, un ser puede venirse abajo, aludiendo a un estado emocional que connota una gran tristeza, impotencia, la imposibilidad de sostenerse más en pie, caer bajo el propio peso.

2024 vio caer la casa de El Sosiego, que durante alrededor de ocho años nos resguardó y cobijó, bajo sus techos y paredes frágiles, de los fríos de La Unión, como una anciana campesina que acoge una visita con tinto caliente o aguapanela, arepa, y ofrece sus mejores corotos.

Esta señora casa, de huesos débiles pero con una fuerza enorme —que no sabemos de dónde le salía, característica de las señoras del campo— se sostenía en pie quizá gracias al calor humano que la habitaba. Fiel a su propósito, siempre brindó sosiego a sus moradores. Esta casa acogedora nos hospedó durante la pandemia, cuando nosotros mismos llegamos derrumbados y nos fuimos amañando en esta montaña. Nadis habitó este espacio con tanto amor y allí mismo aposentó su agonía. El Sosiego ha sido umbral para despedir la vida, y sus paredes escucharon y guardaron en silencio las memorias de vida y muerte, de amor y dolor, de los dolientes que la visitaron.

Hemos puesto nuestro cuerpo para habitar este espacio, hábitat de nuestros sueños, museografía de nuestra cotidianidad. Paradójicamente, permanecer en este lugar implicaba dejar ir esta estructura: construir Oratorio implicaba deconstruir esta casa en agonía, remover esos cimientos que ya no eran firmes. Oratorio es una obra que por sí misma entraña suficiente levedad, y que necesita unos cimientos firmes y un justo arraigo a la tierra que busque compensar la volatilidad de la ausencia. Y es que El Sosiego ha sido intervenido de varias maneras para poder albergar el Oratorio. Además de derrumbar, y en relación con esa necesidad de arraigar —de sembrar, de plantar— hemos transformado el paisaje, enlutando la montaña con agujas moradas, bores negros, entre otras plantas de tonalidad violeta y negro;  y hemos perfumado el ambiente con lavanda, cuyo particular extracto, con altos niveles de eucaliptol, le permite a los visitantes, a los dolientes, llevar consigo la esencia que se extrae de este espacio.

Derrumbar una casa no es como uno se imagina. No es simplemente tumbar. No es golpear. No implica necesariamente brusquedad, aunque sí una fuerza controlada. Desestructurar implica un desmonte progresivo, ordenado, planeado, suave, delicado. Requiere, primero, retirar el techo, las ventanas, las puertas. Es quizá un abrirse: poco a poco volver el interior exterior, lo íntimo externo. Así, el adentro se volvió afuera y, paso a paso, el hogar empezó a fusionarse con el paisaje, lo doméstico con la naturaleza, hasta que, finalmente, el interior se colmó de exterior.

Sin embargo, no es del todo un movimiento controlado. Derrumbar fue entrar en convulsión. Haber derrumbado la casa físicamente significó también remover los recuerdos de Nadis; quién sabe qué otras memorias de otros tiempos se sacudieron allí. Este acto entrañó un movimiento de memorias, un desandar los últimos pasos dados en este espacio. El 2024 mismo fue un año convulsionado, un momento para ir a la pregunta esencial de mi trabajo, a la raíz del dolor. Tocar el origen implica sufrir un movimiento no controlado; este contacto produce la convulsión, un temblor que no se puede evitar, que solo se puede asumir, atravesar y sobrellevar, esperando con paciencia a que pase, porque todo pasa, todo vuelve a la quietud.

Pero derrumbar no termina con el desmonte: también implica hacerse cargo de los escombros, seleccionar, desechar. Tener contacto con los escombros, removerlos, supone limpiar el espacio. Mi trabajo camina muchas veces, precisamente, entre los escombros; entre las ruinas, los dolientes buscan rastros de vida, vidas derrumbadas, no solo las de los desaparecidos, sino las suyas propias. Cuando las buscadoras los escarban, los escombros hablan de lo que esconden, susurran verdades que necesitan salir de lo oculto a la luz.

Derrumbarse no solo es venirse abajo: es abrir espacio. Derrumbar una casa implica volverla una memoria, pero El Sosiego sigue siendo el hogar y sigue siendo, más que algo estático, un proceso. Derrumbé un espacio que habité para reconstruir uno nuevo, así como los médicos reconstruyeron mi hueso roto. Sigo trabajando en la fractura, aprendiendo a seguir fracturada; cuando tienes una lesión —como con el duelo— sigues con ella para siempre, no hay otra forma. Sigo revisando los escombros para hallar tesoros perdidos. Cada día sigo enfrentando mis propios miedos, mis memorias, incluso ese miedo que me hace dudar de mi capacidad de seguir trabajando con la memoria. He podido hacer un alto para cuestionarme desde qué lugar quiero seguir abordando la memoria del conflicto y, poco a poco, la naturaleza me ha respondido que la vida siempre se impone, y es desde la prevalencia de la vida que quiero situarme en el arte. Yago me ha enseñado a galopar con firmeza: lo más difícil, curiosamente, no es ir rápido —que es el ritmo natural del caballo—, sino bajar el paso para galopar un paso a la vez, entregándome en plena confianza a otro ser, pero sin soltar las riendas.

Fue un año convulsionado, sí, pero también lo habitó la palabra, esa que nos permite ordenar y comprender el mundo. Este año tuve la oportunidad de conversar, y conversar implicó aprender muchísimo, abordar el duelo desde perspectivas nuevas para mí y recibir diversas miradas sobre mi trabajo. Pasar a la palabra, a dar testimonio de mi propio trabajo, conlleva la responsabilidad de un gran número de memorias ajenas que se han vuelto propias y que me habitan el alma como invitadas que atiendo y hospedo con entrega y amor.

He derrumbado una casa para abrir espacio para otros, para los muertos y para los vivos. Para los desaparecidos, que no tienen un lugar al cual arraigarse, abro espacio para lo que no tiene lugar: el duelo suspendido.

La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo.
— La casa de Asterión. J L. Borges (1947)

Los invito a un breve recorrido por lo que fue mi 2025:

Río Abajo hizo parte de la exposición colectiva Conversing with domestic memories (Yakarta, Indonesia), en febrero de 2025. Gracias Erin Baines, Pilar Riaño, directoras de Transformative Memory; agradezco a Natalia Quiceno por el cuidado de la obra.

Además de participar como conferencista en el IX Congreso Internacional del Duelo, organizado por la Corporación Remanso, pude asistir y escuchar diversas ponencias sobre el duelo desde otras perspectivas, lo que quizá resultó ser lo más gratificante de este encuentro, y fue precisamente esa oportunidad de situarme, no solo en el rol del “experto” sino también desde el lugar del aprendizaje y de la escucha.

Tuve el honor de participar como ponente en el Congrès biennal 2025 IdA, realizado por el Institut des Amériques, con mi conferencia El derecho a la agonía. Gracias a Virginia de la Cruz por conversar conmigo sobre este tema y por su acompañamiento constante para este evento, que tuvo lugar en Francia, París, en el mes de octubre de 2025.

Agradezco a Virginia de la Cruz, también, por darse a la tarea de conocer a fondo mi obra, por mirarla con ojos reflexivos, por ir al detalle de cada imagen, y meditar a fondo cada concepto; por poner su palabra por escrito y seguir abriendo esta conversación sobre el arte, el duelo, la violencia y el amor.

Bajo la dirección de Virginia de la Cruz y Luis Carlos Toro Tamayo, también salió el libro El objeto como reliquia (2025), el cual recopila ocho perspectivas de la obra. Desde diferentes disciplinas, cada autor aporta su lectura e interpretaciones de las obras, para construir una mirada amplia y heterogénea, de un tema que necesita gran diversidad de abordajes.

Quiero agradecer a la Universidad EAFIT y a la revista Co-herencia por elegir como portada de su edición No 43, volumen 22, una imagen de Relicarios, cuando fue expuesta por primera vez en el Museo de Antioquia, en el 2016. Pueden consultar dicha publicación aquí.

Finalmente, mi año cerró también como empezó, con Río Abajo viajando, esta vez en el Chocó, también en el marco del encuentro de Transformative Memory, esta vez en Colombia, en noviembre de 2025.

Bienvenido, 2026.

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